domingo, 4 de enero de 2015

LA CASA

El viento ruge estrepitosamente y se va introduciendo con agresividad entre las rendijas de la vieja casa. Llamarla casa, no deja de ser un eufemismo.
Las paredes son de adobe. Adobes hechos  con barro y paja, y en el mejor de los casos, amasado con los pies. Cocidos al sol, o mejor dicho, secados al sol del mediodía que es cuando mas calienta y antes se secan.
Las paredes no dejan de ser un montón de ladrillos puestos unos sobre otro, y en la mayor de las veces, con pegados con el mismo barro, los mas afortunados. Las rendijas, no solo dejan ver la luz que se filtra a traves de ellas, sino que permiten que el viento enfurecido las traspase con virulencia. Se lanzan agresivamente sobre las paredes buscando un resquicio que anda le pare.
En invierno, cuando mas azota el viento, quedarse cerca de las paredes, es soporta como si un cuchillo se clavara en la espalda. Da la sensación de que no existe la pared.
Toda la casa está construida de manera muy rústica. El suelo es de tierra compactada. Si te mueves deprisa, el polvo salta esparciéndose sobre todo el lugar.
Una fogata en el suelo se quema y se alza hacia la chimenea por la que se escapa tanto el humo como el poco calor que genera. Es la única fuente de calor del pequeño habitáculo. Si te alejas apenas unos metros, el frío se introduce en tu cuerpo hasta lo mas recóndito de tu ser. Parece que hasta los huesos se paralizan del frío que soportan. La piel se contrae como queriendo apiñarse para evitar el frío. Los dientes, de tanto castañetear, aparece que van a salirse de las encías. La mandíbula se desencaja de su alejamiento y la cara se deforma en una mueca. Vivir allí, es un castigo.
La Casa, da la sensación de que aún no ha pasado la niñez de lo raquítica que esta. Intenta llegar, al menos a la adolescencia. Un  banco de madera al rededor de una tabla con cuatro patas, es todo lo que uno puede esperar. Apenas tiene mas muebles para poder reposar después del duro trabajo. Una alacena cerca del hogar de la casa es donde se guardan apenas, los pocos utensilios que alberga. Unos platos de barro mal cocido y unos tenedores de madera. Unos cuencos horadados en una madera, hacen de vaso para beber, da igual que sea comida que agua para saciar la sed.

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